Santiago, Chile
text & illustration

1 textos:
(Ruth Krauskopf, Paula de Solminihac, María José Ibánez & Ester Sjölin, Francisco Lira, Marcela Undurraga)


* Estos textos tienen relación con la ciudad imaginada por cada autor para la obra “del vaso a la ciudad” expuesta en el Centro Cultural Las Condes el año 2018.

2 ilustraciones:
(Francisco Lira)

Las Manos
Ruth Krauskopf

Fueron dos manos rugosas tocando la tierra húmeda. Amasaron. Modelaron. Un instinto arcaico las guió a través del proceso. Las manos siguieron tocando, creando.

Y bajo el sol antiguo, durante ese primer encuentro entre la mano y la tierra, nació una paila. Nació también la tinaja y el jarro. Entonces las manos se alejaron y buscaron el grano y el aceite y el agua. En forma espontánea, por vez primera, los cobijaron amorosamente dentro de un cuenco.

Las manos habían descubierto el placer de modelar la tierra, hermana de la arcilla. Siguieron moviendo pausadamente sus dedos y nació un ladrillo.

Ese ladrillo y la memoria de imágenes anteriores a su propia existencia, indujo a esas manos a construir no sólo el cobijo para el alimento, sino el contenedor por esencia, la casa.

Una casa de barro, otra casa y otra. La humanidad contenida. La ciudad emergió de entre esos dedos cansados, reuniendo seres que hasta ese instante estaban dispersos.

Hubo manos que, nostálgicas, añoraron la era sin contención. O, por lo menos, aquel contenedor solitario entre montañas risueñas.

Pero ya no hubo vuelta atrás. Una casa, otra, otra y más aún, otras. La ciudad. La ciudad que nace de muchas manos.

Manos que buscan tocarse amorosamente, como en aquel primer acto, para hacer de la ciudad un cobijo y un refugio.

Hoy miro mis manos. Modelo un ladrillo. El ladrillo soy yo. Me asombro.

Un mundo más acá
Paula de Solminihac

Desde el balcón de un cuarto piso en la costanera de la playa, puedo ver la gente pasar con la distancia suficiente para reconocer sus caras. Después de un rato, si me quedo ahí, sentada sin hacer nada, solo viendo como se mueven o los gestos que se hacen entre ellos, empiezo a verlos cómo si fueran parte de una película sobre la humanidad.

Cuando bajo a la playa y me acuesto boca abajo, cierro los ojos y si apoyo el oído en la arena, puedo escuchar sus conversaciones. Por un largo rato me entretengo en esos diálogos que no me pertenecen y que tampoco me interesan tanto, pero que tienen la justa intimidad como para atraer mi atención en la tarde.

En las dos situaciones lo que hay es un estado de trance, una situación de limbo sostenida por mi cuerpo que no se mueve, que no se ve, que le interesa un poco nomás lo de afuera, pero que usa esa atención para sostener una posición fija y de esa manera activar, de modo automático, todas las corrientes que se mueven por el extraño y oscuro mundo interior.

La ciudad imaginaria que habita mi cabeza no vive fuera de ella, está hecha de los espacios mentales por donde circulan las ideas que me obsesionan, las imágenes que les asocio para situarlas en un universo de referencias visuales, y las energías del pensamiento que movilizan mis acciones en el taller.

Ahora, en mi taller, han empezado a amontonarse unas miniaturas que definen esos espacios mentales solo por hacer acto de presencia. De esta manera las miniaturas producen escenografías: formas intuitivas de organización y de concreción del espacio mental, apegadas aún, como el pellejo a la carne, a ese espacio interior.

La urgencia hace que sean de barro, de hilitos, cartones o cualquier cosa chica fácil de manipular. Apenas se sostienen, tampoco duran demasiado, pero total ¿para qué? Adentro de mi cabeza nada es estático, lo de afuera entonces son marcas que hacen un trazado para una cancha sobre la cual jugar.

Ahí están, sobre una delicada mesita, las miniaturas de mi cabeza, de mi pelo, de mis cuadernos. También los sueños y las sombras de los sueños atrapados en la malla de la niebla. Hay un velo para esconder lo que no se debe ver y el vasito de barro derretido, la cuerdita en vertical y sus aplomos, mil veces repetida, anticipando el destino del inevitable peso de las cosas.

Nalta-Tagua
María José Ibánez / Ester Sjölin

Los antiguos Naltas sabían que en los inicios del valle de Nalta-Tagua las montañas eran pequeños cerros y que cada cerro tenía su propio color según la temperatura de su lugar.
 Aunque algunos tenían el mismo mineral, la temperatura tuvo diferentes efectos en los colores de ellos. 
Algunos fueron naranjos por su baja temperatura, otros con más, la misma tierra fue roja, en otros se transformó en negro, fundiéndose como la lava de un volcán y en otros sólo fue gris y blanco lo que predominó el total.
Los Naltas construyeron su ciudad en la cumbre más alta de la cordillera; ellos creían que todos sus actos estaban protegidos por los minerales de la tierra. 
Es por esto que las torres de Nalta-Tagua están hechas con diferentes minerales; porcelana, greda y piedras que brotan de las construcciones y se mezclan tras la naturaleza. 
No existe o sucede algo en una torre de Nalta-Tagua que otra torre no repita, porque la ciudad fue construida de manera que cada hogar fuera el reflejo de su cordillera.

Ocho pájaros, ocho colores
Francisco Lira

Eran 8 pájaros los que descansaban en esas maderas
ayer sobre cuerdas o barro también

ellos tenían ganas de estar ahí

porque de arriba se veía mucho mejor
lo que era una ciudad cayendo 
o una ciudad en construcción


de lo que si estaban seguros

que los tres tótems eran de piedra
y una torre iba creciendo

sin mucha razón de ser


Eran 8 colores -los de los pájaros-
azul, verde, morado, gris,

blanco, rojo,

amarillo y café


ocho colores, ocho pájaros
una ciudad cayendo

o una ciudad en construcción.


Lo que habitamos
Marcela Undurraga

Busco la cristalización de un paisaje que nace de una no idea y recorro mi mente para encontrar en ella, aquello que no existe.

Elementos que configuran una realidad de colores diferentes, lejanas texturas, extrañas formas y lúdicos tamaños. Recorro este juego con una mirada intrusa, intentando descifrar sus por qué y para qué.

Un paisaje de arcilla, colores de arcilla, texturas de arcilla y formas de arcilla.

Recorro este terreno sin límites y en constante expansión para encontrar espacios de juego y construir realidades desde la libertad.

Una forma, mas otra forma, mas otra forma más...la suma de los elementos nos permite decidir hacia donde avanza nuestra mirada, dónde se detiene, en qué momento se asombra y cuando es indiferente.

Somos habitantes de la memoria y constructores de historias venideras, y es en ese camino, donde la materia nos guía, acompaña y escucha.






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